jueves, 17 de mayo de 2012

Llámalo literatura



Blogs y libros rinden tributo a la moda de tatuarse citas literarias.

MIQUI OTERO. 14/05/2012 El País


Blogs y libros rinden tributo a la moda de tatuarse citas literarias. 'El club de la lucha', el más citado según 'Publisher’s Weekly'
“Sólo se puede resucitar después del desastre”. 'El club de la lucha', de Chuck Palahniuk.
 Del mismo modo que a mucha gente le dará lástima que la juventud descubra a los Dexy’s en un anuncio de patatas fritas (y de refrescos, y de chocolates), a Antony en uno de colonia o a Serrat en uno de compresas, habrá quien se muestre receloso ante la realidad de que muchísimos adolescentes han accedido a Shakespeare escudriñando el omóplato derecho de Megan Fox.

Esta actriz, que como Katy Perry tiene un apelllido de lo más elocuente y dado a la chanza fácil, combina en su cuerpo tatuajes de alta literatura como la cita de El Rey Lear (“Todos nos reiremos de las mariposas doradas”) con referencias a Sensación de vivir (en concreto a Brian Austin Green, su amorcito). En definitiva, su cuerpo tiene la empanada referencial de una de esas carpetas adolescentes donde se enganchan fotos del Ché guerrillero, del Lennon fumado y pacifista, de Miranda Kerr con menos ropa que Tarzán y de Jordan y Einstein mostrándonos su lengua.

Porque sí, el muslamen alenta a la lectura, pero el tatuaje de Fox nos sirve aquí más bien como síntoma de los tatuajes literarios en ambientes más o menos hipsters. Así lo atestiguan libros como Body type 2: More Typographic Tattoos, de Ina Saltz, y The World Made Flesh: Literary Tattoos from Bookworms Worldwide, de Eva Talmadge y del joven Justin Taylor, quien, además, acaba de sacar novela en España en el sello Alpha Decay. También el tomo Tatuajes de criminales y prostitutas (Errata Naturae), pero, muy especialmente, la gran multitud de blogs que abordan el tema. En el hipotético crepúsculo de la tinta sobre papel, parece que el píxel se hace carne y la piel, papel.

Las razones de los más tatuados

Hace unos días, alguien se preguntaba en Twitter que si nosotros usamos a Bjôrk y Sigur Ros para musicar cualquier tipo de vídeo sobre Islandia, qué canciones eligirían ellos para darle brío a los nuestros. Lo mismo podríamos pensar, hasta hace poco, con los tatuajes de los japoneses: ¿introducen bajo su epidermis incomprensibles (para ellos) frases en español? A modo de ejemplo, y por si descubría el significado de algún tatu de futbolista, he tecleado la frase “besa mi trasero” en un traductor online y me ofrece esta solución: My Ass キス. Avisados quedáis.

Hay algo de gratuidad e inconsciencia en algunos tatuajes. Pero también los hay muy razonados. Un blog de Publisher’s Weekly hacía público recientemente el hit parade de los tatuajes literarios. Ganaba, con muchos cuerpos de ventaja, El club de la lucha, de Chuck Palahniuk. Muy especialmente la frase “Sólo se puede resucitar después del desastre”. Algunos porque querían tener la cara de Brad Pitt (aunque fuera dibujada con tinta y en la pantorrilla), pero otros por el corte contracultural y la reivindicación de la individualidad, así como por el desafío a cualquier miedo (por íntimo que éste sea). Todo ello parce animar a la gente a chutarse tinta con letras extraídas de esa novela. No es la única. “So it goes”, mantra de la novela Matadero Cinco (aquí casi de culto, en EE UU de lectura obligatoria), de Kurt Vonnegut, le sigue muy de cerca. Alicia en el país de las maravillas (con la sonrisa del Gato de Cheshire como frontera entre las lindes de la locura y el genio, o con el Conejo blanco para hablar del tiempo) también triunfa, igual que pegan muy fuerte otros exponentes de la literatura infantil para adultos como Where the Wild Things Are(al margen de la reciente muerte de Sendak, la película ha tenido mucho que ver) o El Principito (la frase “Sólo con el corazón podemos ver bien, lo esencial es invisible a nuestros ojos” es el Don Quijote y el Sgt. Pepper del tatu literario).

Estos y otros son los favoritos de los dos blogs sobre el tema más transitados de la red. Es el caso del blog homónimo del libro The Word Made Flesh (Tattoolit.com) o de Contrawise: Literary Tattoos (contrawise.org). Los creadores del primero insisten en el éxito de autores como Vonnegut, e.e. cummigs, Hary Crews o Shakespeare. Eva Talmadge explica que todo surgió por una compañera de piso y ambos insisten en que la moda va para largo.

Cosa de prostitutas, criminales y culturetas

Estos días hemos visto en Barcelona al joven autor Ben Brooks tatuándose en directo y a Dan Fante (hijísimo de John, y con un talento genuino) recitar sus novelas con el nombre de su hermano grabado a tinta en su antebrazo. Los ejemplos son múltiples.

Pero para entender esta tradición que se remonta a la zona euroasiática en el Neolítico y que tiene su mito en la tradición samoana del tátau (traducible como “golpear, marcar dos veces”) nada mejor que recurrir a Tatuajes de criminales y prostitutas, de Lacassagne-Le Blond-Lucas, que acaba de publicar Errata Naturae.

Cuando se pasó del concepto de bajos fondos al análisis de los individuos peligrosos, cuando la psiquiatría se convirtió en ciencia para la construcción de tipos, el tatuaje entró en escena como un buen termómetro para medir, por ejemplo, el grado de criminalidad del tatuado o las veces que había pasado por la trena. “El tatuaje lleva a la piel lo que el individuo porta en su fuero interno”, se lee en el prólogo de un libro en el que aprendemos sobre los símbolos que se escribían los sujetos del Segundo Batallón de África o las meretrices parisinas. Inscripciones como “El presidio me espera”, “Viva Francia y las patatas fritas” o “Hijo de la desdicha” abundaban. También los eróticos (“La fuente de placer” apuntando hacia el pubis, una bota inflable e inflamable en el miembro viril) o los sentimentales (sobres con cartas, nombres de amadas). El sistema cutáneo se espesaba por obra y gracia de esa tinta que refería las obsesiones de tatuados y tatuadores, que solían cultivar su afición para matar el tiempo en barcos o cárceles.

¿El hit de aquella época? Evidentemente, Los tres mosqueteros, de Alexandre Dumas. Si el aburrimiento o la ociosidad es un buen caldo de cultura para el tatu (véanse futbolistas, presidiarios y fauna de Williamsburg), no está mal rescatar el aburrimiento de Luis XIV o la bravura de los espadachines. Más válidas que las listas de Amazon, los tatuajes literarios pueden ser un buen termómetro para los libros que cambian vidas.

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